El enigma del carpintero que tenía una voz de bajo profundo.

noviembre 12, 2006 at 3:00 pm 1 comentario

De hecho son parientes lejanos, ambos nacidos en Sarajevo, Alberto Danon de Bat-Iam y mi carpintero Elimelec que me hizo este escritorio y murió ahora hará nueve años. Aquello que más amaba en la vida, a parte de su mujer y sus hijos, era la ópera tenía un estéreo en su casa, otro en la carpintería y en el coche centenares de grabaciones, casettes, un montón de versiones. Desde dos calles más abajo se podía saber si la carpintería estaba abierta, no por el ruido de la sierra eléctrica ni por el olor de las virutas y la cola, sino por la música: La Traviata, Don Giovanni, Rigoletto, el hombre era un adicto total. Nosotros le llamabamos Shalyapin porque mientras rebajaba modulaba la voz, gritaba, desafinaba descaradamente, baja su tosca voz hasta el tono más grave de bajo. Era la voz de un espectro. Un profundo abismal. Y este tono de bajo milagroso irrumpía desde una caja torácica discreta, porque en realidad el carpintero Elimelec era un hombre delgado, tenia la cara labrada de ironía, una ceja alzada y una mirada que se contradecía con ella misma: una poco de ella como pidiendo perdón y la otra como bromista, sarcástica, como diciento yo no soy nadie, pero tu también, señor mío, perdona que te lo diga, has venido como todos de una gota de humedad y terminarás como un jarrón roto. El escritorio que me hizo, donde ahora escribo estas lineas, le salió fantástico. Macizo. Sin ningún adorno. Un escritorio con patas de rinoceronte y laterales como las espaldas de un mozo. Una mesa de bajo. Un mueble proletario robusto como un luchador. Muy diferente del carpintero Elimelec, un hombre al que le gustaba decir chistes y bromas a todo el mundo, pero a la vez sufriendo en secreto una úlcera que, cruel e implacamente, le corroía por dentro, hasta que un día se levantó y se ahorcó. No dejó ninguna nota a nadie y nadie supo explicárselo. Tampoco su mujer ni sus hijas. Cuando fui a casa del ahorcado a dar el pésame, tuve la impresión que la sorpresa había desplazado al duelo: como si durante todos aquellos años no se hubiesen dado cuenta que aqui, en su casa y con ellas, había vividoun estraño con una identidad totalmente falsa, un marajá disfrazado de carpintero a quien se la había pedido que regresara a su país y sin decir una sola palabra se había quitado el disfraz de tantos años, y se había ido. El último hombre del mundo, clarísimo de esa calle, que dirías que se ahorcaría. Nunca me hubiera imaginado que tenía esta idea en la cabeza. No tenía ningún motivo: a fin de cuentas la vida se había portado bien con él, familia, medios de vida, amigos, y, como se suele decir, era de la clase de hombres que se contentan con lo que tienen y lo saben valorar. Por ejemplo, le gustaba comer, le gustaba sentarse las noches en este sillón y adormilarse con su periódico, y especialmente le gustaba su ópera que escuchaba y cantaba desde la mañana a la noche, y nosotros pensabamos que a veces se extralimitaba, pero no decíamos nada, por que ¿por qué no podía disfrutar? Hay maridos que se gastan la mitad de su salario con la loteria y otras cosas así, o que enloquecen por el fútbol, y el por la ópera. Seguro que estará de acuerdo conmigo, señor mío, que se trata de un pasatiempo culto. También le gustaba mucho hacer reir. Era el campeón haciendo bromas, no solo el mejor, sino el rey. No se lo creerá, pero la mañana misma de la desgracia, no había pasado ni tres horas, todavía hizo unas tortillas para las niñas e hizo ver que tragaba el aceite caliente. Que susto nos dio antes no nos echaramos a reir. Que quiere que le diga, señor mío, cualquier persona es un enigma, incluso la que nos es más próxima. Duermes treinta y cinco años en la misma cama, le conoces cada uno de sus cabellos, enfermedades, secretos, penas, las cosas más íntimas, y al final se hace evidente que no sabes nada. Es como si en el mundo hubiera habido un Elimelec de asuntos exteriores y un Elimelec del Interior. Me ha gustado que haya venido. Gracias. Seremos fuertes. Las niñas son fantásticas, mire como se le parecen. Todo se lo toman bastante bien. Cuando vea a Alberto dele las gracias por haberse tomado la molestia de asistir al funeral. Ya no es un hombre joven y Bat-Iam está bastante lejos.

“El mismo mar”

Amos OZ

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Posesión "Rajoles"

1 comentario Add your own

  • 1. eldoctorhache  |  noviembre 12, 2006 a las 5:02 pm

    Por eso nunca acaba la sorpresa de descubrir al otro que tenemos al lado: por el enigma que representa.

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